Venía escuchando en el coche la magnífica interpretación de J. M. Serrat de los poemas de Miguel Hernández. Entre todos ellos, sobresale por su intensidad y dramatismo la Canción del esposo soldado, cuyas hermosas cuanto conmovedoras imágenes ponen la piel de gallina. Miguel Hernández siempre me provocó un efecto extraño, desde que lo descubrí a mis ya lejanos doce añitos, pero ese efecto permanece inalterable al paso del tiempo: la capacidad de traspasarme hasta el tuétano, de llegarme muy dentro y tocar una parte muy íntima de mí, sólo - ni más ni menos - con las palabras. Es tremendo ese verso que dice así: Es preciso matar para seguir viviendo, y Serrat lo canta con unas ganas y un subidón de voz y de orquesta rayanos al paroxismo. No digo más, que sea Miguel quien os toque la fibra con su dulzura, su ternura hacia la esposa imaginada en tantas noches de trinchera, su delirio amoroso y su pasión de hombre que se siente vivo a pesar de la muerte que acecha (Mujer, mujer te quiero/ cercado por las balas, ansiado por el plomo). Es la apoteosis del amor, el triunfo de la vida - encarnada en el deseo del hombre y en el vientre fecundo de la mujer que alberga al hijo nonato - sobre la muerte, la alegría de estar vivo, de sentirse vivo frente a la barbarie de la guerra, la desolación del mañana incierto. Gracias Miguel, por recordarnos lo efímeros que somos y la suerte que tenemos de vivir cada momento como si fuera el último.
CANCION DEL ESPOSO SOLDADO
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He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
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Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de, mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
de cierva concebida.
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Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
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Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
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Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
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Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mi como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
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Escríbeme a la lucha siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo.
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
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Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras. ,
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Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
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Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas,
recorres un camino de besos implacables.
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Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
Imagino que también te gustará Onetti, aquí te pongo un gran poema de amor (de ruptura del amor), escrito por una de sus amantes, Idea Villariño, muerta el año pasado; en su momento me impactó su lectura:
ResponderEliminarYa no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré donde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.