miércoles, 9 de febrero de 2011

El amor, ¡ay!, el amor...

Venía escuchando en el coche la magnífica interpretación de J. M. Serrat de los poemas de Miguel Hernández. Entre todos ellos, sobresale por su intensidad y dramatismo la Canción del esposo soldado, cuyas hermosas cuanto conmovedoras imágenes ponen la piel de gallina. Miguel Hernández siempre me provocó un efecto extraño, desde que lo descubrí a mis ya lejanos doce añitos, pero ese efecto permanece inalterable al paso del tiempo: la capacidad de traspasarme hasta el tuétano, de llegarme muy dentro y tocar una parte muy íntima de mí, sólo - ni más ni menos - con las palabras. Es tremendo ese verso que dice así: Es preciso matar para seguir viviendo, y Serrat lo canta con unas ganas y un subidón de voz y de orquesta rayanos al paroxismo. No digo más, que sea Miguel quien os toque la fibra con su dulzura, su ternura hacia la esposa imaginada en tantas noches de trinchera, su delirio amoroso y su pasión de hombre que se siente vivo a pesar de la muerte que acecha (Mujer, mujer te quiero/ cercado por las balas, ansiado por el plomo). Es la apoteosis del amor, el triunfo de la vida - encarnada en el deseo del hombre y en el vientre fecundo de la mujer que alberga al hijo nonato - sobre la muerte, la alegría de estar vivo, de sentirse vivo frente a la barbarie de la guerra, la desolación del mañana incierto. Gracias Miguel, por recordarnos lo efímeros que somos y la suerte que tenemos de vivir cada momento como si fuera el último.

CANCION DEL ESPOSO SOLDADO
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He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
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Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de, mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
de cierva concebida.
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Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
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Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
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Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
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Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mi como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.
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Escríbeme a la lucha siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo.
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
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Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras. ,
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Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano.
Y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
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Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas,
recorres un camino de besos implacables.
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Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

martes, 25 de enero de 2011

El amor es una compañía (Fernando Pessoa)

Aquí os dejo este delicioso poema de Pessoa acerca del amor como emoción que nos acompaña en todo momento y a pesar de las circunstancias. 

Ya no sé andar solo por los caminos,
Porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible me hace andar más de
prisa
Y ver menos, y al mismo tiempo gustar de ir
viendo todo.
aun la ausencia de ella es una cosa que está
conmigo.
Y yo gusto tanto de ella que no sé cómo desearla.
Si no la veo, la imagino y soy fuerte como los
árboles altos.
Pero si la veo tiemblo, no sé qué se ha hecho
de lo que siento en ausencia de ella.
todo yo soy cualquier fuerza que me abandona.
Toda la realidad me mira como un girasol con la
cara de ella en el medio.

jueves, 30 de diciembre de 2010

A Silvia

Silvia, rimembri ancora
Quel tempo della tua vita mortale,
Quando beltà splendea
Negli occhi tuoi ridenti e fuggitivi,
E tu, lieta e pensosa, il limitare
Di gioventù salivi?
Sonavan le quiete
Stanze, e le vie dintorno,
Al tuo perpetuo canto,
Allor che all'opre femminili intenta
Sedevi, assai contenta
Di quel vago avvenir che in mente avevi.
Era il maggio odoroso: e tu solevi
Così menare il giorno.
Io gli studi leggiadri
Talor lasciando e le sudate carte,
Ove il tempo mio primo
E di me si spendea la miglior parte,
D'in su i veroni del paterno ostello
Porgea gli orecchi al suon della tua voce,
Ed alla man veloce
Che percorrea la faticosa tela.
Mirava il ciel sereno,
Le vie dorate e gli orti,
E quinci il mar da lungi, e quindi il monte.
Lingua mortal non dice
Quel ch'io sentiva in seno.
Che pensieri soavi,
Che speranze, che cori, o Silvia mia!
Quale allor ci apparia
La vita umana e il fato!
Quando sovviemmi di cotanta speme,
Un affetto mi preme
Acerbo e sconsolato,
E tornami a doler di mia sventura.
O natura, o natura,
Perché non rendi poi
Quel che prometti allor? perché di tanto
Inganni i figli tuoi?
Tu pria che l'erbe inaridisse il verno,
Da chiuso morbo combattuta e vinta,
Perivi, o tenerella. E non vedevi
Il fior degli anni tuoi;
Non ti molceva il core
La dolce lode or delle negre chiome,
Or degli sguardi innamorati e schivi;
Né teco le compagne ai dì festivi
Ragionavan d'amore.
Anche peria fra poco
La speranza mia dolce: agli anni miei
Anche negaro i fati
La giovanezza. Ahi come,
Come passata sei,
Cara compagna dell'età mia nova,
Mia lacrimata speme!
Questo è quel mondo? questi
I diletti, l'amor, l'opre, gli eventi
Onde cotanto ragionammo insieme?
Questa la sorte dell'umane genti?
All'apparir del vero
Tu, misera, cadesti: e con la mano
La fredda morte ed una tomba ignuda
Mostravi di lontano.


di Giacomo Leopardi

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Rayuela, capítulo 68





   Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

jueves, 11 de noviembre de 2010

La llaga en la piedra


La gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia.

Ovidio

Será la garra suave.
Dejadme la esperanza.
M. Hernández

Tu amor es seda que se confunde generosa
por entre tus manos abiertas de luz infinita.
Relámpago de ser que hiende sus raíces en mi carne abierta
mitigando angustias con anhelos,
heridas con sonrisas.
Un incierto temblor que adivinas en mis ojos
extraviados del mundo
aferrados a un mañana de horas pasadas.
Nada temas. Mi amor está grabado
en tu piel de tumulto
en tu pelo de vórtice
en tus labios de nube que todo lo abarcan.
Derrama la quimera sobre el lastre de mis días.
La llaga en la piedra terminará por sanar.

Así como la gota de agua horada con paciencia la superficie de la roca, de igual modo la vida nos va golpeando, para bien o para mal, y generando en nosotros minúsculas, imperceptibles fisuras que el paso del tiempo y los sinsabores van agrandando hasta producir en nuestros espíritus verdaderas llagas que escuecen tanto y duelen tanto, que en ocasiones nos dejan sin aliento. Es entonces cuando una voz amiga, un gesto amable nos reconfortan y nos devuelven la dimensión amable de la vida, recordándonos que nuestra existencia está compuesta a partes iguales de luces y de sombras, en un claroscuro perfecto que parece diseñado por la mano de algún dios ignoto. La llaga en la piedra es el título de un poema que escribí hace ya algún tiempo y que ahora renace en forma de un blog cuyo objetivo es convertirse en un cajón de sastre para todo aquel que tenga algo que decir que desee compartir con los demás; para aquellos que creen que la vida es "algo más", más allá de patrones preestablecidos, frases hechas, convencionalismos y predeterminaciones. Os invito a uniros al club de los inconformistas, de los soñadores, de los rebeldes por principio, que éste sea - en palabras de Ortega - el "rompeolas de todas las españas". Que nadie os calle ni se calle frente a la injusticia, la incomunicación y la falta de libertad. Si somos muchos, haremos más ruido.